Cultura islandesa

El caballo islandés: historia, carácter y el famoso tölt

Llegó con los colonos nórdicos hace más de mil años, mide de 130 a 145 cm a la cruz y puede tener hasta cinco aires, entre ellos el tölt. En Islandia viven unos 80.000, y el que sale del país ya no puede volver.

El caballo islandés: historia, carácter y el famoso tölt

Mucho antes de ver tu primer glaciar o tu primer volcán, lo más probable es que te cruces con un caballo islandés en lo alto de una loma, con la crin volando de lado por el viento. Es bajito y robusto, y tiene una calma que desarma, como si el mal tiempo y el paisaje salvaje que lo rodea fueran viejos conocidos. Conocer a un caballo islandés se parece menos a ver ganado que a que te presenten a uno de los habitantes más antiguos de la isla.

Imagina que paras la camper en un apartadero y sales al aire frío. Un par de caballos levantan la cabeza y te miran con las orejas en punta. No salen corriendo: se acercan despacio, pisando sin ruido el musgo, con unos ojos curiosos en los que caben a la vez la montaña, el mar y el cielo. Y de pronto el viaje deja de ser solo paisaje.

 

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Caballo islandés de capa castaña clara pastando en un prado muy verde del campo islandés.

El caballo islandés en datos

  • Origen: lo trajeron los colonos nórdicos hace más de 1.000 años.
  • Alzada: de 130 a 145 cm a la cruz; pequeño, pero con mucha fuerza.
  • Aires: hasta cinco, entre ellos el famoso tölt y el paso volador.
  • Población: unos 80.000 caballos islandeses en Islandia.
  • Raza pura: no se puede importar ningún caballo de otra raza, y el caballo islandés que sale del país ya no puede volver.
  • Capas: más de 40 colores y unas 100 variantes de tono.

Por qué el caballo islandés es tan especial

A primera vista, el caballo islandés parece casi un poni grandote, con una crin espesa que le cae sobre unos ojos mansos.
Pero basta pasar unos minutos a su lado para notar que tiene otra energía.
Es compacto y muy fuerte, hecho para un terreno de lava, ríos y nieve, no para cercados de césped bien cortado.

Pequeño, pero muy fuerte

Siglos de vida en un clima duro hicieron del caballo islandés un animal recio y musculoso.
Mucho antes de que hubiera carreteras, cargaba con granjeros, correo y provisiones por terreno abrupto.
Todavía hoy los jinetes confían en él para vadear ríos, subir laderas y moverse con paso firme por senderos estrechos y llenos de piedras.

El famoso tölt y los demás aires

Casi todas las razas de caballos se mueven al paso, al trote, al galope y al galope tendido.
El islandés tiene algo más.
Muchos dominan cinco aires, entre ellos el tölt, suave y muy celebrado.
En el tölt, el caballo avanza casi deslizándose, con un ritmo de cuatro tiempos en el que siempre tiene al menos un casco apoyado en el suelo.
El jinete va casi inmóvil en la silla mientras el paisaje pasa a su lado.

Algunos caballos tienen también el paso volador, un aire lateral muy rápido que se usa en competiciones y carreras.
Ver a un grupo de caballos islandeses en tölt por una playa de arena negra o por la orilla de un río es de esas imágenes discretas que se te quedan del viaje.

Grupo de caballos islandeses de distintas capas cerca de las Tierras Altas de Islandia.

Una raza pura gracias al aislamiento

Como Islandia está tan aislada, esta raza se ha mantenido genéticamente pura durante siglos.
Desde hace más de mil años no se deja entrar en el país a ninguna otra raza de caballos.
Las normas son estrictas.
Un caballo que sale de Islandia ya no puede volver nunca.
Así se protege a la cabaña equina de enfermedades y se conservan los rasgos propios de la raza.

Hecho para el mal tiempo, no para la cuadra

Este caballo lleva puesta su propia armadura contra el tiempo.
Tiene un subpelo denso que guarda el calor del cuerpo y un pelo exterior largo por el que resbalan la lluvia y la nieve.
En invierno estos caballos se ponen tan lanudos que parecen casi redondos, pero por debajo siguen siendo animales enjutos y fuertes.
Con un viento que a cualquiera le haría meterse en casa, ellos ni se inmutan.

 

Jinetes a lomos de caballos islandeses recorren una playa de arena negra de Islandia, con acantilados y farallones al fondo.

El caballo islandés en la historia y las leyendas

La historia del caballo islandés empieza con los primeros colonos, que llegaron por mar desde Noruega y las islas británicas en el siglo IX.
Traían en sus naves caballos resistentes, porque sabían que sobrevivir en una tierra nueva y desconocida iba a depender tanto de unos animales fuertes como de sus propias manos.

Aquellos primeros caballos tiraban del arado en suelos pedregosos, cruzaban con la gente ríos sin puente y ayudaban a las familias a moverse entre granjas aisladas y pequeñas aldeas de la costa.
Con el tiempo entraron también en los relatos del país.
Las sagas hablan de caballos leales que llevaban a guerreros, reyes y mensajeros a través de inviernos interminables.

En el folclore, algunos caballos cruzan la frontera entre la realidad y la leyenda.
Hay historias de jinetes fantasma, de espíritus que cambian de forma y de caballos de agua que atraen a los viajeros hacia las olas.
Hoy este caballo sale en postales, en cuentos infantiles y en obras de arte, como un hilo vivo que une la vida de ahora con las raíces vikingas.

Montar y conocer caballos islandeses hoy

Para un viajero, la forma más fácil de acercarse a un caballo islandés es apuntarse a una ruta corta a caballo o visitar una granja.
No hace falta saber montar bien.
Son caballos conocidos por su carácter tranquilo y noble, y muchos están acostumbrados a llevar principiantes.

Rutas a caballo por la Islandia de verdad

Hay rutas a caballo y visitas a granjas por todo el país.
Puedes seguir caminos suaves junto a un río, cruzar antiguos campos de lava o cabalgar por la orilla de una playa solitaria.
En algunas rutas de varias horas o de varios días vas mucho rato en tölt, y ese paso tan suave te lleva más lejos de lo que llegarías andando.

Visitas a granjas y exhibiciones

Muchas granjas familiares invitan a conocer a sus caballos islandeses, a aprender lo básico para tratarlos y a ver pequeñas exhibiciones de los distintos aires.
Es buena opción si prefieres no subirte al caballo: haces fotos y te cuentan cómo se ha criado y entrenado cada uno.

Si ves caballos en un prado junto a la carretera, míralos desde un apartadero o un aparcamiento, nunca parando en la calzada. Y no les des de comer ni los toques sin permiso del granjero: tienen dueño.

Camper aparcada junto a una ladera de hierba, con caballos islandeses pastando al fondo bajo un cielo con niebla.

Una nota sobre la carne de caballo en Islandia

A algunos viajeros les sorprende saber que el caballo islandés también forma parte de la cocina tradicional.
En el campo, el caballo era un compañero de trabajo muy valorado y, cuando los inviernos se hacían largos y escaseaba todo, también una fuente de carne.

Hoy se sigue comiendo en Islandia, y la encontrarás en algunos restaurantes y carnicerías.
Probarla o no es cosa tuya.

Curiosidades sobre el caballo islandés

  • Ni se te ocurra llamarlo poni: aunque es bajito, los islandeses siempre dicen caballo, por respeto a su fuerza y a su carácter.
  • Billete solo de ida: si un caballo sale de Islandia para competir o criar en otro país, ya no puede volver, por las estrictas normas sanitarias.
  • Un abanico de capas: del negro azabache al alazán brillante, pasando por el tordo rodado o el crema más claro.
  • Vale para todo: el mismo caballo puede pasear a niños por la granja un día y competir en tölt al siguiente.
  • Buena memoria: los jinetes suelen decir que cada caballo tiene su propia personalidad y que recuerda rutas y personas durante años.

Islandia vista desde la silla de montar

Al volante, las carreteras de Islandia te van dejando vistas de postal.
A lomos de un caballo islandés, esas vistas pasan a ser algo que notas en los músculos y en la respiración.
Hueles la hierba mojada, oyes los cascos sobre la piedra y ves la niebla resbalar por las colinas lejanas, un poco más pegado a la tierra.

No hace falta apuntarse a una ruta de un día entero.
Con una salida de una o dos horas ya cambia tu manera de mirar el paisaje.
En lugar de ver Islandia a través del parabrisas, avanzas al ritmo de un caballo, como se ha viajado aquí durante mil años.

Antes de irte

Los glaciares, las cascadas y las playas negras se llevarán seguramente casi todas tus fotos, pero mucho después de volver puede que lo que recuerdes sea un caballo islandés.
Cómo te soplaba aire caliente en las manos, su mirada tranquila, la confianza con la que te llevó por un prado que parecía demasiado salvaje para cruzarlo a pie.

Con su poca alzada y su mucha fuerza, este caballo es mucho más que un símbolo.
Es un compañero vivo en la historia de resistencia y adaptación de Islandia.
Si tu ruta pasa junto a una granja o una cuadra, para un rato, salúdalo y, si puedes, monta un poco.
Pocas cosas te acercan tanto, y de una forma tan sencilla, a la Islandia de siempre.

Preguntas frecuentes sobre el caballo islandés

¿El caballo islandés es un poni?

No. Mide de 130 a 145 cm a la cruz, pero en Islandia siempre se le llama caballo, por respeto a su fuerza y a su carácter.

¿Qué es el tölt?

Es el aire más famoso del caballo islandés: un paso de cuatro tiempos en el que siempre hay al menos un casco en el suelo. Es tan suave que el jinete va casi inmóvil en la silla.

¿Cuántos caballos islandeses hay?

En Islandia viven unos 80.000. No se puede importar ningún caballo de otra raza, así que la raza se ha mantenido pura.

¿Por qué un caballo islandés no puede volver si sale del país?

Por las estrictas normas sanitarias. Es la forma de proteger a los caballos de la isla de enfermedades y de conservar los rasgos propios de la raza.

¿Hace falta experiencia para montar un caballo islandés?

No. Son caballos tranquilos y muchos están acostumbrados a llevar principiantes. Hay rutas a caballo y visitas a granjas por todo el país, y con una salida de una o dos horas ya te haces una idea.

¿Puedo acercarme a los caballos que veo desde la carretera?

Míralos desde un apartadero o un aparcamiento, nunca parando en la calzada. No les des de comer ni los toques sin permiso del granjero: tienen dueño.